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Sigo haciendo fichas, o mejor decir comentarios personales y subjetivos, de las lecturas que hago. De libros actuales, de libros da hace incluso siglos. De los que leo actualmente y de los que leí hace años y tomé de ellos apuntes. Espero que sirva para animar a alguien a que los lea, como éste del que refiero.

campal pliegosCada vez me apasiona más el diálogo con la palabra leída y descubro el valor de releer, de dejar el libro un tiempo y volver a él. La poesía no se lee rápidamente, por más que un libro de ella sea más corto que una novela, por ejemplo, pero la poesía tiene hondura y si no se llega al fondo, o se intenta al menos, es como ver una ciudad desde un autobús, sin andar por su calles, sin hablar con sus gentes.

Asistí a una de las presentaciones de este libro, en el edificio Botines de León. Me llamaron la atención dos cuestiones que dijo el autor, que luego he leído en su libro: “El título de poeta llega sólo con la muerte”. Yo más bien diría su fama, o su “inmortalidad”. Entraríamos en el debate sobre ¿qué es ser poeta? Y ¿quién decide quién lo será después? Pueden ser apuntes, preguntas más bien, para un ensayo.

En la misma línea, lo segundo fue lo que aparece en el título, remarcando una forma de llamar a los versos: “renglones cortos”, que, como se dice a sí mismo el autor son de un escribidor, “aprendiz de escribidor”. Si se añade a los mismos ritmo, metáforas, sentimiento, en ocasiones reflexión, es poesía. O al menos el intento de que así sea.

Hay cierto pudor en reconocer alguien que es poeta, quizá porque sea algo que lo ha de decir uno de sí mismo. Cualquier profesión la señala un título que te dan. El nombre mismo nos lo dan nuestros padres o padrinos. Nos cohibimos de señalarnos a nosotros mismos. Da apuro decir “soy escritor” o “soy poeta”, y admitirlo porque sea lo que uno haga. Muchos si lo oyesen decir se reirían, acusarían de engreído a quien lo proclame. Pero, si es a lo que uno dedica su existencia, ¿por qué no? ¿Porque no es reconocido?

Este libro, “Pliegos del Sur”, parece un monólogo en el que escribe el autor para sí mismo, pero mucho para los demás. Escrito cuando vivió, según cuenta, en el Carmen de la Victoria de Granada, lo hace apartado de los demás, como si fuera una especie de a parte de, lo que se entiende más como un soliloquio. Pero a medida que se avanza en la lectura se percibe un diálogo tranquilo, con el silencio, pero es ése que son los demás callados, de quienes habla, a quienes recuerda, a quienes se dirige. Y digo tranquilo en un sentido de soledad, porque como en toda navegación, en este caso sobre un mar de palabras, hay zozobras, que salpican los poemas. “Escuchando al silencio”, que no es el silencio místico, a mi entender, sino uno mundano que se llena de recuerdos, de miradas, de saber qué hay ruidos que callan al silencio y le hace hablar-escribir convirtiendo esa ausencia de lo que hay “fuera”, incluso más allá de la palabra: “No quiero ahogarme en mis silencios”. De esta manera crea su obra: “Pliego de lo escuchado al silencio”.

Separado del mundo, quien escribe esta obra, no es ajeno a él y ha de volver. Y lo mira: “Las bestias del mundo se han arrodillado a mis pies”. Como si de repente todo lo que no sea el momento tranquilo-de-soledad hubiera desaparecido. Se mira y sin darse cuenta se convierte en un paisaje humano, el suyo, que recorre interiormente, siendo lo que hace ser a la poesía, que mana, sale, entre recuerdos y lecturas que forman parte de ese espacio / tiempo interno suyo: “Leo para salvarme”; “Para reír de mis íntimos dolores”. Los versos, renglones cortos, caminan en una dirección, que parece que es adonde ha de llegar, a aquello que le descubre la poesía, lo escrito no pensado, que sale y así es al finalizar, casi, este libro: “Sólo en soledad… se aprende a ser”. “La soledad… sin adjetivo”. “La soledad como amante”.

Y “… esperar la muerte”. Tales versos son el perfume, creo, del conjunto de la obra, el aroma de un carmen de dentro, el que tal vez sea al que mira el autor, que aflora en el que está, paseando, sentado, tomando notas. “El eco de las campanas en el recuerdo”.

Transita su ser-existencia desde un lugar paradisíaco, en la placidez del alma, se ve contaminada por lo previo, lo anterior al recinto y adonde ha de volver. E insisto en que toda poesía es una confesión, que aparece antes o después: “El vacío de angustias tal vez también genere un vacío”. Cada sensación es un latido, sin embargo, pienso, hay que ver, leer o saborear, el poemario en su conjunto.

Tan sólo estar tiempo
suelto en el espacio
de tus jardines y mirándote:
mirarme, hundirme, elevarme.

Y dialoga consigo mismo, en esos diálogos interiores que abren el capítulo de la literatura moderna, se mira en el espejo de la palabra, “espejea” como diría Proust.

Campal JuanmariaA veces,
cuando te ocupas de ti
como incurable aprendiz de escribidor
sientes otro yo auténtico y sutil
Te exige escribir a su dictado
seguro de ser él quien mejor te hace
y tú mismo quien mejor le representa.
Pocas veces le haces caso.
Así te va”.

Y en ocasiones a esa imagen que pulula y existe y vive entre versos, mientras respira poesía, los poemas permiten empedrar unas huellas invisibles.

¿Amar una adicción?… la más peligrosa…
este escribirte, Amor, dudando… si te leerá”.

En su labor de escritor Juanmaría sabe de la fugacidad de lo intuido, de aquello que viene, que si no se atrapa se va: “Procura ir siempre armado / de lápiz y papel”.

“… la vida como una diosa”. Y pienso: ¡Hay tantas!, tantas diosas y tantas vidas. Y “… vosotros sois dioses”, parece que le dice Dios de tú a tú.

Los dioses en que no crees ¿existirán?

Esos momentos en que aún en la negación
los invocas y en cuya invocación, los niegas”.
¡Ah dulce melancolía!
Acógeme, seré nave,
vuélveme a la luz,
vuelve a enamorarme…
de la vida y su sin sentido”.
Cegados por el futuro”.
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¿Cómo podéis llamar modernidad
este no parar sabiendo donde vais

En esos recuerdos que le vienen a Campal, que poetiza, me han emocionado varios. Uno de ellos “Añoranza”, sobre el Ágora de la Poesía, que leyó durante el acto de presentación del libro. En ese momento me gustó, pero al leerlo adquiere más intensidad: “Hoy sólo está la plaza, nuestra Ágora. / Hoy estáis aquí, ¡conmigo! Enjardinados / ¡y no lo sabéis!…”.

El poema “Homenaje a Federico”.

Cuando visito tu casa
visito la casa de todos
los arrebatos de sus vidas
los humillados, los torturados
los asesinados por no ser
como manda el arma de turno…
¿Desde una razón? ¿desde una idea?
Siento la brutalidad fratricida del hombre.

Si golpeas / que sea sólo en defensa del golpe recibido”; “Líbrate de la cadena de la coherencia”. Este renglón corto me hizo detenerme en él largamente. Sin coherencia ¿qué lucha puede haber? Sin embargo, ¿de qué sirve luchar si nos encadenamos a los pensamientos. “¿Los descalzos del mundo / sabrán que acarician la tierra?

La sensación de lo social se derrama al contemplar el paisaje humano:

Los nuevos dioses sin nombre ni rostro
os prefieren dóciles bestias de carga.
Su predicado verbo de seducción: Tener.

Humanos os nacieron, no mulas de carga”.

Sobre los prestidigitadores de la palabra que camuflan la verdad
de que creando pobreza acumulan su riqueza

Al fin y al cabo “pliegos” son papeles contenidos en una misma cubierta. Cuando llenos de renglones cortos son un jardín, carmen reflejado, de palabras siendo las flores y las sombras un mero decorado, queda la luz y la mirada. Entonces el poeta se levanta y ve y se rebela: Crea la poesía. Y ésta rompe el cerco del silencio, por eso habla el aire, el sonido de las fuentes, las hojas entre sí. Quien lea este libro encontrará su silencio, el poeta ha tendido un camino a él.

Salud al lector.

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