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Ya no hago comentarios de obras de autores coetáneos, y menos de a autores a quienes conozco, pero este libro me ha llamado poderosamente la atención. La relación con el libro, la manera de acceder a él, lo mismo que el deseo de su lectura sí influye en la percepción del mismo. También el conocimiento de la autora / autor, ¿cómo no? Forma parte de lo que leemos. De los autores del pasado también: Cómo llega el libro a nuestras manos. Muchas veces por azar.

ct008-500x500La autora, nuestra Alicicia del Ágora de la Poesía, me sorprendió especialmente en dos ocasiones leyendo en el Ágora. Cierto que he estado dos años sin apenas asistir. Se dice que cada persona es un mundo. Cada poeta, cada escritor, en su función o excepcionalidad de hacer un texto, es un imaginario, sobre el cual transcurre la palabra. Una ocasión de lo aludido fue cuando leyó un poema sobre el maltrato a las mujeres. ¡Qué fuerza!, desde una imagen de fragilidad. Y otro, la última vez, un poema elegantísimo sobre aquello sin lo cual no podríamos, nadie, haber existido, según ella misma lo presentó. Leído en la plaza.

Y me enrollo, sí, ante una comunicación de 140 caracteres que se convierten en noticia, reivindico el derecho a enrollarme en mi espacio, como parte de la libertad de expresión, a pesar de las broncas que me echan mis hijos / hijas porque dicen que más de quince líneas no se leen. Ejerzo, pues mi respuesta: “Escribo lo que me da la gana”. Pues bien, también hay un proceso de leer un libro, y un libro de poesía tiene el suyo: Esperar a que le llegue el turno. Ojearlo. Una primera lectura y pasados los días por segunda vez, despacio, tomo algunas anotaciones. Y más adelante, quizá, otra vez. De esta manera el libro va acercándose al lector y hace que forma parte de él. Las novelas y ensayos suelo hacer la segunda lectura sobre lo subrayado. Lo cuento porque en esta obra me he preguntado mucho, precisamente a lo largo de este proceso que es leer, en relación a muchos versos. No sé por qué. Quizá por la sorpresa.

Al ser profesora de literatura, lo que se constata más allá de saber de oídas, en la solapa del libro, me vino a la cabeza la escritura academicista. Ya lo he comentado en alguna ocasión, que hay muchos escritores que saben de literatura, de lo que es escribir y buscan hacerlo tan bien que pierden, a mi entender y gusto, eso del instinto poético, el rugido de la palabra, y les entrevela su saber aquello que crean intuitivamente.

Estos versos de Alicia tienen un eco poético. Un amigo en las tertulias, Joaquín Colín, profesor de literatura jubilado, me dice en ocasiones: “Es que dices cosas, pero no las aclaras”. Le contesto que no siempre están claras las cosas. Quede dicho si alguien se pregunta ¿qué es eso del “eco” en poesía? Un algo, de momento. Pero vayamos viendo (leyendo.)

El mismo título es un “algo”, que va a estar inmerso a lo largo de las páginas, casi que las acompaña a todas.

Para André Gide escribir es contar el proceso de hacer literatura en lo que se crea, es comentar sobre las palabras más allá de su sentido entre todo lo demás: “Unas manos que beben / gota a gota / el universo”, poetiza Alicia.

Entre los versos, como cuando leemos entre líneas, se observa que la autora abre su mente porque se quita el corsé de los sentimientos, y no piensa, se lanza. Este es un valor entre los / las poetas que muchas veces se simula sin suceder realmente. No es el caso, porque trasmite sensaciones muy profundas. Es frecuente crear personajes, un protagonista, de los poemas que inventamos. No se ve en esta colección de poesías, pues ella mismo lo dice cuando habla de que la poesía es su guía.

Según Alicia, cuando escribe fluye la conciencia, se deja llevar adonde ella quiere. Pienso que es la inconsciencia. Una poesía pensada y repensada no es poesía, es formalismo. Y leemos restos de inconsciencia de la autora y de una mujer. Da un salto hacia más allá de ella misma, sin soltar amarras de sus estelas emocionales, de sus recuerdos, de sus cargas del pasado, sea cual sea: “… humo negro / que sube al suelo”. Es posible que falten otros saltos, que parece manifestar a medida que transcurre el libro. Parte de ella misma, pero busca al otro, al lector, sin caer en confesarse gracias al uso de la metáfora, para convertir su realidad en poesía que busca lo concreto: “Dame la mano”.

Juanmaría Campal, al hacer el prólogo, parece poner la venda antes que la herida. Destacando algo que cuenta como indicación que hace que sobresalga: “Es más que una válvula de escape”. Ese “algo más” lo entiendo como un todo. Entiendo que la poesía ha de trascender, llevar en sus palabras la vida, emociones capaces de comunicar. Yo más bien diría que es un encuentro con su ser, formado por su historia, sus sueños, su infancia a la que vuelve la mirada una y otra vez, sin darse cuenta porque, como indica Octavio Paz, la poesía nos sorprende, tanto al ser escrita como escuchada o leída.

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Alicicia en el Ágora de la Poesía. Foto de Nemonio.

La manera de enfrentarse a la palabra nuestra autora es el diálogo, no con el lector, sino con ella, pero no ella en sí, sino desdoblada, se aleja del monólogo, e insiste. Delata dos Alicias, la de antes y después: “Cuerpo hecho cenizas / su alma son cenizas”. ¿No es algo universal, en donde encuentra su espacio de lectura más allá de ella misma? Es el pálpito que hace revivir. Y la luna apagada, precursora de la luna llena, pero para llegar a ella hay fases cuyo recorrido es la poesía, en este caso.

Abatieron con su luz”

Paseaba una doncella su figura

Las huellas se perdieron en la arena

y entre engaños y cantos de sirenas

la luna acariciaba su hermosura”.

“Luna” es esperanza, perdida aún queda. Y dedica “La aventura del viento” a su hijo. Casi casi, la aventura del vientre inflamado en el que estuvo él. Con una dureza que se hace poesía, poesía. Poema “Resurrección”… “de un esposo que es el instante consumado / dentro y fuera / del cerco / de los círculos”.

La autora deja a un lado ser profesora, la sabedora del lenguaje para hacer ver y ser leída como mujer. La existencia concreta de serlo. Y lo narra, aunque vestida de gala y camufla desde la necesidad de decirlo, porque late la poesía, el pálpito de lo poético, porque expresa que “necesita decirlo”, siendo tal lo que es la materialidad de la inspiración para hacer poesía, más allá de tantas teorías abstractas, de textos sin sentido sobre otros textos. Sin este proceso no hay capacidad de escribir, sino otra cosa: Construir con palabras estilos, formatos, libros. Muchos llenan las estanterías vacías.

Olas que beben gaviotas”, en este verso podemos atisbar una de las claves del libro, un traductor donde el “mar” quizá sea la infancia, tal vez. Para buscar la inexistencia como final de un ciclo. Es ella la que propone volar, porque vuela y lo hace con la palabra y en lo que escribe, donde adquiere su fortaleza. Peculiar.

El torrente sanguíneo del olvido”.

La nube amenaza”, escribe pensando en el Ágora de la Poesía. No es la nube que viene, la que se aproxima y llega, sino la nube intangible que siente, porque ha de salir al ruedo y decirlo. Lo escribe para que se lea lo plasmado. Sabe lo que es hacer poesía, qué es, pero no se esconde en ella, no camufla sus tallos de versos ni sus flores en la técnica, como suele ser frecuente, sino que se entrega, se da. He colocado su metáfora, clara y novedosa, de la flor, en mi colección de tal metáfora universal  a la que llega Alicia en común al resto de muchas escritoras / escritores, sin saber.

Y lo retrata a modo de una válvula de encuentro: “… acercarse / al límite angular / que rodea la psique”. E insiste cuando usa el término “freudianos sueños”, o se le escapa y lo deja pasar. ¿No es quien descubre y estudia el inconsciente Freud? Escribir es manifestar fuera de. Tan fuera que se convierte en adentro. ¿Cuál es el territorio del amor? Poetizar. No es tanto la vida, ni siquiera lo vivido ni lo por vivir, no. La poesía no es lo poético, algo que da la mirada. Es poetizar. “Quiero amarlo”, escribe.

Opta en todo su trayecto-libro en ser poesía, dejar la huella: Nadar mar adentro lejos de la orilla. Sin temor al hundimiento. Concluye. Ha llegado al fondo previamente y decide ser ella desde la poesía: “arranca el corazón y lo secas con tu aliento”. Cuántas cuestiones tan duras, tan fuertes en la debilidad del verso. Tal ha sido mi sorpresa. “He despertado sudando sueño”. “No te-me he amado”. “Tus-mis nuestra lágrima”.

Y se hizo la poesía, y vio su hacedor-hacedora que no era una creación, sino lo creado… Y felicitar a Alicicia por darnos, desde dentro de sí, su palabra.

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