Este libro editado a comienzo de los años 70, perite hacer una reflexión, que sigue vigente. Cada época tiene su alienación. Pienso que hoy la tecnología es una forma de proyectarnos en las pantallas que nos rodean. Gurméndez comienza analizando los significados de la palabra “alienación”: “otro”; “ajeno”. El mismo término se ha usado para indicar situaciones parecidas, pero con matices. Por ejemplo el marxismo se refiere a “estar vacío”, de manera que eres ocupado, suplantado por “otro”, por quienes mandan o los que dirigen los procesos de producción. De ahí la necesidad de una revolución liberadora.

Cuando el marxismo, como otras ideas se convierten en fuentes de adoctrinamiento, también alienan, vacían a la persona y lo que piensa es ocupado por la ideología, que da la respuesta que corresponda. Según Marx el concepto es también económico: Trabajar para otro. Y el vacío es más una desposesión, carecer de propiedad privada. “Por el dinero llega el hombre a la corrupción universal”; “El dinero cambia las relaciones humanas”, “determina el destino de las personas”.

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Se llega al delirio de la posesión, del deseo de tener. El modelo industrial “no sólo crea productos, sino que modela un determinado tipo de hombre para que los consuma”. En esto la publicidad ha cumplido un papel determinante. Para Marx “el obrero se siente ajeno a lo que crea porque o lo consume”. Es la diferencia de la sociedad industrial respecto a la artesana. Desaparece el trabajo individual.

Es curioso que de la generación de nuestros abuelos para atrás, una gran parte de la población se hizo su casa, o participó en hacerlo. De ellos en adelante casi nadie, es algo que hacen los profesionales de la construcción.

Para el autor la alienación es un proceso de deshumanización. Pone de ejemplo a Kafka, como descriptor de la alienación sumisa. Observa que la vida de este escritor es un sentimiento inacabado.

Otro efecto de la alienación que apunta es la pasividad. Las personas se sienten solas rodeadas de otros seres humanos. “Buscando la compañía encuentran la soledad” Hoy habría que traducir esto que cuenta a la sociedad de internet, donde se agranda este proceso, pero a la vez se oculta más, es tapado con una meta realidad, el mundo virtual. Se separa la comunicación del sujeto, éste queda de espectador de sí mismo. La soledad lleva a la alienación del amor, porque la pareja se oculta el ser que son. Ahora incluso se proyecta otra diferente en internet. Pero como antes se juntan dos soledades. La entrega al otro requiere existir plenamente, o al menos no necesitar usar a la otra persona para resolver mi situación. O si no la convivencia puede ser buena, porque se ajusta, pero vacía de amor. Se llega incluso a negar el amor. De esta manera lo alienante no existe. Se extirpa, incluso del lenguaje.

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Carlos Gurméndez

Pero ya no interesa nada de esto, sino seguir hacia adelante, sin pensar, de forma, pienso que sucede la alienación de la alienación. En la modernidad la persona vive fuera de sí, lo hace en el deporte que ve desde fuera, en la cultura que está de público, es atiborrado de información que le llega de fuera, sin analizarla. Las prisas son un mecanismo para el vaciado de la personalidad.

El concepto de alienación va de “la inercia, para Sartre, a la acción para Marx. Vivida y consciente, para el filósofo existencial sucede por causa de una desrealización humana, se trata de una abstracción impuesta al Hombre. La alienación es individual. Marx la considera algo social.

Simone de Beauvoir lleva lo que estamos tratando al terreno de la mujer, a la que el varón la trata como objeto. Georg Lukans generaliza este concepto: “El ser un humano se ha hecho cosa”. Es algo que podemos comprobar como pacientes, el médico deja de tener un papel de consolador, de sanador, sino que es un técnico que fundamenta su ciencia en informes de análisis, radiografías y demás. Funciona, sí, pero se cosifica al paciente. O cuando se toman decisiones no en función de las personas, sino del resultado de encuestas o a través de interpretar las estadísticas. Lo asumimos de tal manera que lo alienante no lo vemos.

Para Garaudy la manera de alienación es económica, crea un hombre específico, que no se elige a sí mismo. Para Gurméndez la literatura vivida y consciente es lo que revela la realidad profunda de la alienación. Entra de lleno en este tema: “El hombre alienado comienza por sentirse incómodo, molesto sin saber por qué”. “Tampoco se ha señalado ideales universales”. Pienso que es cuando se ve desde fuera, una función de la literatura, que se ve a sí mismo. Otra grandeza de lo literario es llevar al lector a su intimidad. Para este filósofo de origen uruguayo “los literatos y poetas son personas de mucha trastienda, en el sentido de que esconden un mundo de sueños”; “Solamente el arte literario expresa el sentimiento de la deshumanización… No saben que saben”. De alguna manera nos dice que la literatura, el arte en general busca salir de la alienación y del mito. Lo que ocurre es que esta intención suele quedar en una ilusión, pues “su búsqueda es el hombre ideal, abstracto”.

Continúa citando a Antonín Artaud, para quien “el hombre separado nace de la alienación”, separado de sí mismo. Es entonces el arte un problema. Pasa a Cézanne, un pintor que no se conforma con la visualización inmediata. O Van Gogh que mira la naturaleza desde dentro. García Lorca con la novedad de sus imágenes, alienado por el mundo visible. Juan Ramón Jiménez que desarrolla la conciencia poética, “la tristeza permanente, esencia de la poesía misma”. “La tristeza por la irrealidad humana”. Pero llega la visión materialista con Marx: “La vida absorberá el arte sin hacerse poética. Artística o estética”. Y Passolini, crítico ante la autoalienación del artista vacío. Flaubert entra en las relaciones humanas en una situación histórica concreta, una forma de amor imposible, fruto de alienación, que yo diría que en todos sus personajes de “Madame Bovary”, sobre la cual hace la referencia Gurméndez.

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Debiéramos volver a la lectura y a la reflexión compartida. Nos dejamos arrastrar por la modernidad, lo actual, las conversaciones triviales y estas cuestiones asustan. Incluso aburren. Porque, pienso, la alienación nos duerme. Inmersos en el sueño queda lo virtual, que hoy en el mundo de Internet adquiere realidad.

El autor pasa a ver el mundo agrario. Parece un salto, más una pirueta, en el hilo conductor del tema central. Recurre a Unamuno para resaltar lo imperecedero del campesino español, a quien llama en su conjunto la “casta histórica”. Antonio Machado resalta su tradición en relación al paisaje y a su religiosidad sui generis. Azorín describe en alguna de sus novelas lo alienante de la complacencia de la inercia campesina. Cada cual su terruño, su lugar, su patria, cuando en esto cita a Heidegger, para romper la visión cerrada, ante un mundo nuevo que se abre y medio siglo después se está haciendo, quizá apresuradamente o sin la confianza ni el empeño suficiente: “La apatricidad será un destino universal”. Para este filósofo alemán “si el concepto de alienación no se puede comprender al hombre contemporáneo ni la extrañeza que vive en un mundo dominado por las cosas, por la aberración técnica que le priva de un contacto y comunicación directa con su verdad humana y la naturaleza”. Es pesimista en tanto que considera que la salida a esta alienación también es alienante, porque se pretende hacer con ideales puros, irreales.

Concluye Gurméndez: “El hombre es histórico porque su historia individual se va realizando en la Historia”. Y se pregunta “¿cómo puede crear el hombre la Historia sin renunciar a la individualidad?… No hay separación entre la vida individual y la Historia Universal”. Todo dependerá de las relaciones humanas. Mi duda es que si es entre personas alienadas ¿cómo?

Dedica un pequeño espacio al final del libro a la desalienación, con lo cual es u indicio lo que propone, de manera muy general. Al menos que nos haga pensar. En lo lírico literario es donde se puede inventar una identidad armónica, en todos los órdenes de la vida, aunque dé unos pocos ejemplos. “La perfección humana no puede nacer de su propia perfección”. Y advierte que la destrucción del hombre es la alienación. Pero si siempre lo ha estado y quizá lo siga estando en el futuro, con formas diferentes, ¿es nuestra historia la de una perpetua destructividad?

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Plantea de manera general y a modo de un esbozo, desprendernos de la tradición idealista y descubrir en la alienación el eje central de la Historia, “sin Historia no hay concepto de alienación”. Muchos otros son los síntomas o causa tal vez, que quedan sin analizar: Las falta de tiempo, el consumo como destino, la sumisión, pero todo esto y más tal vez forma parte de un todo que nos conforma

Finaliza con una advertencia, que hoy en día nos debiera dar qué pensar, pararnos y reflexionar sobre lo que está pasando, arrastrados por lo irracional a partir de una pandemia, que hemos convertido en tremenda. Su consejo es “adentrarnos en el concepto de alienación para encontrar la posibilidad del futuro histórico de España”.

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