Releer un libro

Volver a leer una novela, o poesías leídas en la juventud, es una experiencia muy curiosa, porque siendo la mismo no lo es. Es otra historia, otra percepción de lo escrito aunque diga lo mismo.

Me sucedió con la obra de Nietzsche, que devoré en mi adolescencia, tragando sus axiomas como realidades últimas, aun cuando sean contradictorias. Liberé mi manera de pensar sobre definiciones establecidas de ante mano y de “verdades” incuestionables. Años después mientras que leí esas mismas obras, ¿ensayos?, ¿novelas?, ¿filosofía? Me perecieron conceptualizaciones filológicas. Me pareció un gran manejador del lenguaje, que fundió como se hace con el metal para darle una nueva forma. Me hice preguntas y pregunté al autor. Sobre todo si lo que escribió en “Mi hermana y yo” fue cierto o inventado. En una tercera lectura supe que pudiera no haberlo escrito él. Que fue un hombre torturado por estar hecho un lío. ¿Fue cierta su aventura con la esposa de Wagner?, vengador del compositor que a su vez reemplazó al anterior marido de su esposa, también músico. ¿Tuvo relaciones incestuosas Nietzsche con su hermana? De esta respuesta dependerá la filosofía del martillo y el yunque, una fantasía o una realidad profunda, pensada desde el inconsciente. Fruto de la creatividad o del delirio. Me queda la duda, nada que ver con todo lo que creí la primera vez que leí su obra.

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Al leer la poesía de este filólogo-filósofo alemán, en la segunda tanta de lectura de su obra, me di cuenta de que reaccionó a su enamoramiento mal entendido, que no asimiló como tal. Eso dio lugar a lo que escribe en su primera obra, que retrata su estado en el título: “El origen de la tragedia“, una lucha entre el espíritu apolíneo y el dionisíaco. Con las primeras lecturas quise sensaciones, dejarme impactar. Después me hacía preguntas y hasta saqué algunas conclusiones.

“La sonrisa etrusca” de José Luis Sampedro, la leí de joven porque una chica, Lolai, que me gustaba mucho, le pareció la mejor novela que había leído hasta entonces, la ponderó como una obra de arte. Me encantó este libro en aquel tiempo de juventud. No la llegué a terminar, quedándome muy pocas páginas, porque ella me dejó, se fue con otro chico. Además el final es previsible, se sabía desde el comienzo. Pero no me planteé esta justificación hasta que ella se fue, integrando mi relación con ella en la novela. Éramos Bruno y Hortensia de jóvenes, íbamos a vivir el sueño de amor de ellos y el nuestro a la vez. Un amor que fue eterno hasta que se acabó. A mí me costó mucho superar su adiós y la llegué a odiar, a la vez que la quería. Esta novela de sampedro la quise volver a leer desde hace años, ua cierta curiosidad, eso que llaman “la llamada del libro”; pero nunca decidí coger el libro, hasta que en una tertulia hablaron de esta obra y decidí volver a leerla. No me impresionó tanto, incluso me parece una gran historia, pero de diseño. No trasmite el sentimiento de los personajes, lo cuenta. Bien redactada, la historia me parece en el presente una más, un poco adornada, con su moraleja. Sin embargo de joven el abuelete me pareció un héroe, y aquel amor último el esplendor de una vida, que hoy leo más recordando la primera vez que descubrí la historia que cuenta, de la que casi no me acordaba de muchos detalles, pero que iba rememorando, sin que me causara impresión tras la ventisca del tiempo pasado. O porque he leído otros libros más o por tener otro punto de vista literario me pareció que le falta chispa a esta novela.

Y una tercera obra que he releído recientemente ha sido el poemario de Charles Baudelaire, “Las flores del mal”. Le conté a una amiga que me lo trajo como regalo de Reyes Magos, la sensación que me produjo al leer los primeros poemas. Hace años y años lo leí como si yo fuera el hijo del poeta, fue un mito para mí, que desafiaba al mal, que se sumergía en él para retarlo y desafiar al mundo, como lo hizo con el vino. Llegué a pensar que para escribir valientemente hay que beber más de la cuenta, para llegar a la cima de los versos. Ahora me pareció Baudelaire mi hijo, que podría serlo por la edad de ambos. En realidad me doy cuenta de que quiso superar su educación religiosa, que llegó a no saber qué es el Bien y qué el Mal, vivido en el placer, pero ausente ante el dolor de amar, el sufrimiento de soñar y tener la imagen de una mujer como algo real dentro de él… De joven leí su poesía con la boca abierta. De mayor le leo dialogando pacientemente con cada verso, reconociendo la belleza de sus metáforas y ritmos. Una poesía mítica, con cultura del autor más que de un beodo. De joven me fijé en lo que decía, que al final me aplicaba a mí mismo sin comprobar la veracidad de lo que me hacía pensar e interpreté. Ahora mi interés está en cómo escribió aquellos poemas, la manera de trasmitir su conflicto, su sentimiento volátil y a la vez sólido. Y sonrío.

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Lecturas. Pilar Albarracín.

Releer es más que leer. Es una reflexión inmersa en el tiempo, es tener experiencia como contraste y escenario de lo leído.

Tengo el propósito de cuando llegue a los noventa años no leer libros nuevos, o alguna vez excepcionalmente, para releer y volver un año y otro, hasta “poner el pie en el estribo”, cuatro obras: “La Iliada”, “La Odisea”, la “Biblia” y “Las aventuras de Don Quijote de la Mancha”. Y repasaré entre lectura y lectura los siete tomos de “En busca del tiempo perdido”.

Lo que no podré será reescribir lo ya escrito, y es una pena, pero para eso estarán los jóvenes. Al fin y al cabo la lectura es calma y reflexión. Escribir: soberbia juvenil y bravío, para abrir interrogantes a las ideas y sentimientos; y grietas en la realidad.

(Y, bueno, espero tener tiempo de echar una ojeadita y volver a enfrascarme en “Los diálogos de Platón”, en “Confesiones” de san Agustín, “Las moradas” de santa Teresa de Jesús”, la poesía de san Juan de la Cruz, a “El ser y la nada” de Sartre, “El ser y el tiempo” de Heidegger, “Fenomenología del espíritu” de Hegel. Larga vida al lector.)
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El ciclo del libro

¡Los libros están en peligro! Como siempre, nada nuevo bajo el sol. El soporte de papel parece amenazado hoy en día con el libro digital. Queda la costumbre lectora de quienes hemos nacido a la palabra con los de papel. Pero unas veces por el desinterés de leer, otras por lo que ha significado como mero objeto y poco más, el mundo del libro ha sido dañado desde mucho antes. Sin embargo ha perdurado. Leer Más

Leer libros de caballería

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Sentimiento de lo leído

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